Memorias de una Ostra
Publicado en Memorias de una Ostra el 29 de Agosto, 2006, 14:11 por LeoLabbo|
Memorias de una ostra
Cierta mañana soleada de otoño, caminando por una solitaria playa de Quequén, al sur de Yo humildemente te pido, querido amigo, que al ver una gaviota volando libremente por el cielo azul, recuerdes el impagable valor de la libertad interior, y que la saludes con dulzura y respeto, quien sabe... tal vez sea ella... la ostra.
Capítulo 1º Mis Madres
Tuve cinco madres... Qué ironía, con una hubiese bastado para parir estos despojos... pero la vida no es, a los ojos de todos, muy coherente, por lo menos no a los míos. Una madre, Juana, la primera, no me parió, la partieron, literalmente, en una cesárea casi macabra que dejó profundas secuelas creo que no solo en ella. Digamos que una ostra nació de una esponja marina, así es ella, siempre quieta, absorbente, como toda esponja. Como un pararrayos intentó absorber más de una descarga eléctrica sobre mí, no lo logró. Me instruyó en los caminos del ostracismo y me ayudó a crear un par de valvas casi indestructibles, impenetrables, asfixiantes... La segunda, Mirilla, me permitió el primer contacto con el exterior, o con el interior, no lo sé, solo sé que en mi espacio interior, dentro de mis valvas, solo penetraba el oxigeno cuando tocaba el piano junto a ella. Frecuentemente sueño con reencontrarla. Tal vez en otra vida. Evi, mi tercer madre, me enseñó lo esencial, es cierto, soy una ostra pero mi alma es el alma de una gaviota, que tal vez por distracción, quizá desorientada, no sé bien por qué, cayó en el agua, más bajo que la tierra, más profundo y encalló en una ostra, en mí. Como decía, esta madre me enseñó a ser libre de algún modo, a volar. La imaginación de una ostra es tan intensa y definida que ni la misma ostra que genera la imagen, sabe si es real o solo producto de si. Mi cuarta madre, Mercedes, intentando ser recia, a pesar de que el amor a la música y a sus alumnos, sus hijos, se le desbordaba por los ojos, ella me dio la posibilidad de trabajar, de alimentarme en todos los sentidos. Mi última madre, Perla... que coincidencia... mi última madre, madre de una ostra con alma de gaviota... es una perla, la más grande, valiosa e interesante que jamás vi. Gracias a ella pude abandonar el fondo del mar y hoy estoy aquí... escribiendo, mirando el mar desde la orilla... intentando desplegar mis alas que creí atrofiadas y no lo están. Cuando logre planear, muy alto sobre el mar, desde allí, abriré mi boca y cantaré, el gran espejo de agua será mi caja de resonancia y me devolverá la imagen que siempre quise ver, un ave volando. Cantaré una melodía desde lo más profundo de mí, desde el centre de la perla que llevo dentro de mí. En ese momento, el tiempo se detendrá, el sol será más intenso y amable, y podré agradecer a todas mis madres y ser feliz.
Capítulo 2º Espejo
Desde pequeño necesité un espejo, una superficie plana que devolviera mi imagen, tal vez esa imagen interior que siempre quiso salir de entre las conchas de mi apretujado habitáculo. Por desgracia... o por suerte... en el fondo del mar donde viví tanto tiempo... tanto tiempo... no existen espejos. Qué extraño, si en el mar no hay espejos, y nadie siente esa profunda y compulsiva necesidad de verse reflejado, es más, éste es un concepto inexistente, nadie sabe qué es reflejar o reflejarse... ¿por qué yo si? ¿por qué en mi memoria innata, en mi inconsciente o no sé donde anida esa enloquecedora y aturdida necesidad de verme reflejado en un gran espejo mientras surco el cielo planeando, ingrávido, libre, alegre? ¿Por qué necesito sentir el viento en mi cara si nací en un lugar en donde lo más parecido a ello es una corriente de agua? Más agua, que no se por qué… ese liquido vital no me ahoga totalmente y pone fin a mi maltratada existencia. No se por qué no morí al nacer, si realmente fue el destino, la voluntad divina o es que el hombre y su ciencia han llegado al punto de torcer la mano de Dios. Sé pocas cosas, y aun son menos las que puedo comprender, y todavía muchas menos las que consigo aceptar, como esta enquistada vida que se me impuso… o será que yo mismo me la impuse, o no ofrecí ningún tipo de resistencia, que para el caso, da lo mismo… todo da lo mismo cuando uno se siente morir eternamente. Creo que el infierno más terrible para mí consistiría simplemente en más de lo mismo, más agua, más ostracismo, más dolor interior, más ilusiones frustradas, más luchas contra molinos de viento inexistentes para volver siempre al silencio húmedo y salitroso del fondo del mar, sin viento y sin espejos y sin alas. Sin alas. |


